lunes, 3 de septiembre de 2012

Recuerdos de la Guerra de un vecino de Pina

Las clases estaban muy radicalizadas. Las clases ilustradas; médicos, veterinarios, farmacéuticos, jueces, notarios, registradores, alcaides y maestros, tenían sus tertulias en casas particulares o en puntos donde alguno de ellos estaba cumpliendo alguna misión; la farmacia, la centralita de teléfonos, la plaza tras las misas. etc. Mientras que los propietarios y labradores, menos cultos que ellos, se reunían en el Casino o en la Agrícola (Centro de clase media) donde hacían sus tertulias y echaban sus partidas de cartas.

Las clases  modestas tenían el Centro Obrero, donde pasaban las tardes y festivos bebiendo en porrón y jugando la partida de Mus o Guiñote. En estos sitios, había que guardar las formas que imponía su reglamento y la Junta de Gobierno hacía cumplir. Luego estaban las Tabernas, donde los dueños eran menos severos con su clientela subiéndose el ánimo de los mozos a medida que iban ingiriendo vino.

Las Centrales Sindicales y bolsa de trabajo estimulaban, aun más si cabe, aquellos cerebros embotados por los efluvios del alcohol, y rara era la noche  que no hubiera riñas callejeras en las que sacaban las navajas y daban tiros al aire para demostrar su hombría. La mayoría llevaban pistola o revolver.

Nosotros, vivíamos en un punto confluente a todos estos puntos de fricción y recuerdo los tiroteos, corridas, insultos y blasfemias que proferían aquellos hombres, con las boinas caladas hasta las orejas, que cantaban canciones ofensivas en las puertas de otros vecinos cuyas vidas eran más sosegadas y cómodas.

En estas circunstancias, habíamos arrancado poco más de veinte  hojas del calendario correspondientes al mes de Julio, cuando empezaron las primeras escaramuzas.

Las calles del pueblo eran tomadas, a diario, por avanzadillas de las distintas banderas en litigio, que daba una inseguridad extrema  por  no saber con quien te ibas a encontrar al salir a la calle.

Algunos jóvenes del pueblo, con  clara vocación revolucionaria, se habían desplazado a Bujaraloz al encuentro de las fuerzas de Durruti. Alguno de estos lugareños sirvieron de guías a las primeras avanzadillas que, por indicación suya, sembraron la plaza de cadáveres, solo por vivir y pensar de otra forma que ellos. Siendo los primeros en prender fuego a la iglesia para demostrar sus sólidas ideas revolucionarias. En esta primera incursión mataron a nueve pineros, uno de ellos sacerdote.

Cuando la quema de la iglesia, me escapé al arco de la Villa a ver las llamas.

Tras la matanza, quema de la iglesia y desvalijo de algunas casas; la Guardia Civil y somatenes, montaban guardia en los puntos estratégicos, de esa forma, en una segunda avanzadilla fueron masacrados en el puente de las Carretas. Los más murieron. Pero cinco que quedaron heridos, tras pasar la noche en el hospital, fueron trasladados en un carro a las paredes de la iglesia donde los fusilaron delante de todo el pueblo.
Un miliciano que se hizo pasar por muerto tras ser abatido el autobús, fue socorrido por un pinero que estaba trabajando en Val de Oro. Días después, se enfrentó a sus compañeros de partida al reconocer en la persona que iban a arrancar de su casa para llevarlo a" La Varella de la Cuba", a aquel que le había suministrado  agua y víveres. Gracias a eso salvo la vida.

Las patrullas de incontrolados (ametralladora en ristre), se adueñaban de las calles, casas y personas, en un delirante bacanal de saña  y violencia. Los delatores, chivatos y resentidos, hacían su Agosto indicando a los visitantes las casas o personas objeto de  envidiosas iras y desquites personales, desencadenando una escalada de saqueos y matanzas capaces de amedrentar al  más valiente.

Estábamos  una de ésas tardes mirando por la rendija del balcón, cuando mi tía Juliana, al ver una imagen de la virgen del Carmen en la calle tirada, salió a por ella, y tapada con una toquilla, la introdujo en casa con el riesgo de pagar con la vida su piedad.

Al llegar mi padre a casa, fue puesto en antecedentes, y pasaron la imagen a una casa deshabitada, con ayuda del vecino, para no correr riesgos innecesarios.

Aquellos primeros días y sus noches, los alternábamos  entre  nuestra casa y la de mi tía Ceferina, cuyas casas se podían comunicar por los corrales solo con saltar dos tapias, circunstancia que nos permitía escapar por una casa si nos buscaban por la otra; según el signo político de las fuerzas estábamos en una u otra casa.

El hijo pequeño de mi tía Ceferina, Ángel, tenia una pierna rota, y se pasaba las noches llorando y quejándose, tanto si dormíamos en colchones en el suelo, como si lo hacíamos en el campo bajo mieses, sin escuchar las advertencias de los mayores, que le hacían notar que nos ponía en peligro a todos con sus gritos. "Aun te me maten no me teno callar, aun te me maten." -Decía.

Tras haber visto arder la Iglesia, Archivo Municipal, El del Juzgado, Registro De La Propiedad, en cuyo interior se sospecha que estaban los papales de D. Flores y archivos de su padre.

LA QUEMA DE LA BARCA

Una de aquéllas tardes, tras haber visto arder la Iglesia, Archivo Municipal y el del Juzgado. Abandonamos el pueblo con lo puesto, hacia la estación del ferrocarril, pasando el río por la Barca. La espera fue larga ya que todos los vecinos del pueblo, habíamos optado por esa ruta y la barca tenia unos límites.

Los trenes no circulaban, y una vez allá, tuvimos que pasar la noche en el campo instalados en agujeros practicados en las fajinas con el fin de no pasar frío.

Habíamos pasado con el carro de mi tío Juan Costa; mi tía Juliana, mi tía Teresa, con su esposo e hijos, mi madre, mi hermana, y yo. Y, esperábamos con impaciencia la llegada de mi padre, que al no encontrarse en casa cuando salimos, no estaba con nosotros.

El recuerdo de las matanzas, el dolor de las ausencias, y la incertidumbre de la espera, agigantaba aquélla columna de denso humo negro, y no podíamos conciliar el sueño. Pasamos la noche abrazados los unos a los otros, como buscando en el otro el valor que nos flaqueaba. Y, nos sorprendieron los primeros rayos de un Sol triste como nuestro incierto destino.¡ El presagio de la guerra, estaba ya cumplido. !

Ya la barca quemada, cada uno regresó a casa como pudo. Unos por el puente de Gelsa, otros por el vado o pontones de particulares que se habían salvado de la quema.   

Los más, pasamos por el vado cogidos de las manos para que no nos arrastrase la corriente, cruzando el umbral de una niñez perdida, y adentrarnos en una adolescencia plagada de dudas y zozobras que nos aguardaba y nos marcaría para siempre con el estigma de las furias desatadas por los mayores que poco tuvieron en cuenta las miserias a que nos abocaban con sus inconciliables diferencias.

Las siguientes noches, fueron otros puntos cardinales el destino de nuestras excursiones nocturnas. Siempre dentro de la huerta. Nos refugiábamos en los puentes de las acequias o en las mieses.  De una noche a otra, se notaba la ausencia de familias que no habían podido resistir más el miedo, y se habían marchado a Zaragoza. Entre ellas, la familia de mi tía Ceferina Abenia, que no nos volveríamos a ver hasta después de la guerra.

Día a día, el río se iba imponiendo como frontera, y muy pronto, una barrera de fusiles por cada orilla impidieron la comunicación entre orillas. Atrapados cada uno en el sitio que ocupaba, independientemente de sus intenciones o creencias, se vieron abocados a disparar los unos, contra los otros, sin tener en cuenta vínculos afectivos o de sangre, en una guerra estúpida que se cobró un millón de vidas, y truncó las expectativas de niños que como yo, no pudimos acceder a una  preparación cultural adecuada. Sin contar las amarguras, muertes y mutilaciones que a muchos de nosotros ocasionaron las balas y bombas de una guerra que no era la nuestra.

EL FRENTE ESTABLE

Establecidos los frentes en ambas orillas del río Ebro. El pueblo que distaba unos cientos de metros de la orilla, se convirtió en el blanco de artilleros y francotiradores que demostraban sus dotes de puntería derribando casas ocupadas por mujeres y niños, teniendo que refugiarnos en bodegas o en fosos practicados en los huertos cercanos al pueblo. Rara fue la casa que no recibió su cañonazo o bomba lanzada por la aviación que sobrevolaba el pueblo dejando caer su carga mortífera donde no teníamos otra defensa que un vigía situado en lo alto de la torre, que hacía sonar las campanas, con un martillo, cuando veía sobre el horizonte la aviación enemiga o escuchaba su ruido.

En estas terribles circunstancias, nacía mi hermano Federico, la noche del 19 de Febrero de 1.937,cuyo parto fue interrumpido varias veces por la aviación cuya visita hacía que la comadrona escapara al refugio, dejando a mi madre sola con su problema. Mis padres tenían la costumbre de ponernos el santo del día, al nacer mi hermano los calendarios de la zona no llevaban el santoral, y una vecina les proporcionó una hoja que guardaba escondida en el fondo de un cajón donde ponía que el 19 era san Federico. No repararon que era del mes de Octubre y, Federico que le pusieron.

Por este tiempo, se casaron mi tía Juliana, y mi tío Valeriano. Yo, presencié las bodas que tuvieron lugar en el Comité Local, ya que en nuestra zona mandaba la Columna del anarquista Buenaventura Durruti, y las normas que regían eran las revolucionarias. Recuerdo la marcha de mi primo Bernardino al frente, siendo un niño.

Mientras en el pueblo era cada vez más peligroso estar, por lo que nos pasábamos el tiempo en la huerta. Nosotros, con mi tía y mis primas, estábamos en lo de Diego, cuando vino mi tío Pascual Carranza, a ver a mi tío Juan, que había visto tierra movida en el monte. Aquella noche, habían desaparecido los dos hombres que custodiaban el Ayuntamiento, y uno de ellos era su hermano Vicente.

Los acompañó al lugar, y escarbando la tierra, aparecieron los dos cuerpos sin vida de Vicente Carranza y Vicente Labarta. Los dos mejores hombres de Pina.- Habían sido víctimas del segundo frente que tenía la República.

La ocupación de Pina por la columna de Durriti, fue un constante saqueo. Yo mismo presencié el derribo de las campanas de la iglesia, ya quemada, que por poco le cuesta la vida al hijo de un carpintero de Bujaraloz que intervino como experto. Al desprender la campana mayor de sus anclajes, penduló hacia adentro de la torre y hubiera segado el cuerpo del muchacho, a no ser que cayera en el orificio central de la torre. Una vez las campanas en el soto, fueron llevadas a Cataluña "para hacer municiones para defender la República". Hoy 18/3/2005, esas campanas, se encuentran en Barcelona, luciéndose con otras de esta zona de Aragón, en la Catedral de La Sagrada Familia. Cada día. Realizaban procesiones jocosas profiriendo blasfemias y ofensas a la religión y a buen gusto.

Ante la grave situación, se practicaron evacuaciones masivas de mujeres y niños a lugares más lejanos del frente. Bañolas y Sanfelíu de Guisols, fueron puntos de destino de los chicos de Pina en la primera emigración. Yo, me había apuntado pero mi madre me borró aprovechando que el encargado era familia.

ÉXODO

Un día de Abril de 1937, salíamos del pueblo seis autocares cargados de mujeres y niños con rumbo a lo desconocido. Al llegar a la Retuerta, fuimos sorprendidos por la aviación enemiga que nos lanzó una tanda de bombas que tan solo causó unas heridas leves a algún que otro niño.

Llegamos a Sena al anochecer, después de haber estado todo el día viajando y haber comido un arroz  de pollo en Caspe, que por cierto nos supo a gloria. En Sena, nos acogieron en la casa " La Cruz "tras un fuerte susto que se llevaron sus moradores, al oír llamar en la puerta a aquellas horas de la noche. ( La noche anterior se habían llevado al vecino para matarlo.

A pesar de que habían manifestado que no tenían donde alojarnos., mi madre insistió en quedarnos, aunque fuese en el pajar. Aquellos ancianos, recriminaron a mi madre por haber abandonado el hogar con chicos tan pequeños, pero, al poner mi madre nuestra suerte en las manos de Dios (palabra tabú en aquellos tiempos)nos dieron de cenar y nos prepararon una cama con sábanas de hilo caseras a estrenar, donde pasamos una noche que hacia tiempo no disfrutábamos.

Al tercer día de estar en Sena, recibimos la visita de unas chicas de Pina, que estaban en un pueblo cercano, Villanueva de Sijena, donde estaba mi tía Alfonsa Carrere, esposa de mi tío Julián Carranza, y madre de mis primas Felisa, Esperanza, y Paz, que había nacido poco antes de la guerra y tenía unos siete meses.

Como habitaban la casa del cura, todo eran velas, santos y reliquias del culto, pero no había nada que sirviera para comer. Teníamos un cuarto lleno de lencería, cuberterías de plata y vajillas de todas clases procedentes del Monasterio de Sijena. Incluso el órgano del convento donde tuve mis primeros contactos con la música.

Al principio; cada noche se turnaba un hombre distinto a dormir en el cuarto donde se guardaban las cosas del convento, hasta que se dieron cuenta de que no teníamos intención de adueñarnos de nada de aquello. Alguna noche le tocaba al esposo de la Sra. Marias Sr. Antonio Blecua que formaba parte del grupo que se había preocupado por los bienes de Sijena.

Todo era como un sueño celestial, pero, no teníamos nada para comer, mientras que las demás  familias refugiadas ocupaban casas habitadas donde contaban con todos a las horas de las comidas, nuestras pobres madres tenían que arreglárselas con medio litro de leche que nos cedía la madre de un Señor del Comité Local, arroz, lentejas y garbanzos que nos daban, de cuando en cuando, en los abastos.

Yo, no paraba mucho en casa pues, siempre que podía, me iba al campo con los hijos de un panadero  manco "Guiral" que vivía junto a nosotros y nos llevábamos un par de panes en la alforja y todos los melones, melocotones y uvas, de todos los campos vecinos que nos tomábamos con un sentido muy social de la propiedad, al tiempo que aprendíamos a nadar en el río Alcanadre. Los más pequeños, se arrimaban a los hijos de los vecinos a la hora de la merienda, con la esperanza de que se les tuviera en cuenta a la hora de repartir. El panadero, " El Manquet" a pesar de faltarle un brazo, manejaba los sacos de harina como si fueran buñuelos de viento; manejando la dalla, o cualquier otra herramienta, como si tuviese los dos brazos, e imponía la disciplina, con los hijos, a base de correazos; por lo que para ellos, el ir al campo, era una liberación.

Nuestras madres ayudaban a las vecinas en sus faenas a cambio de que nos facilitaran verduras o cosas con las que llenar el puchero diario. Hago mención especial a la Señora Marías, vecina nuestra, que se portó con nosotros de una forma verdaderamente cristiana.

Recuerdo con verdadera gratitud, a Don Adolfo, médico rural que nos atendió con precariedad de medios, y sajó un grano en la cara a mi hermana Pascuala. Para ella, siempre fue Don, Afollo, en su media lengua que tanta gracia le hacía a él.  

Fue como una inspiración divina, encontrar una bodega que estaba debajo de nosotros, y guardaba nuestra salvación. Los días en verano son muy largos, sobretodo, para un chaval de nueve años sin colegio, y sin ninguna obligación, que no fuera tirar piedras a los porgaderos de las vecinas que tenían higos y orejones a secar para comernos los que caían al suelo; me pasaba las horas en el huerto curioseando todo. En mis exploraciones, descubrí una pequeña ventana que daba a un bodegón oscuro, pude poco, pude mucho, arranqué la reja, y bajé al sótano. Como en el cuento de Alí Ba Ba. Todo estaba lleno de tinajas y cuencos repletos de una materia blanca y densa. Al principio, me pareció jabón. Como tampoco teníamos jabón, se lo expliqué a mi tía Alfonsa, que dedujo que, podría  tratarse de un depósito de miel olvidado desde antes de la guerra. Bajé de nuevo a la bodega con una luz, y encontré la puerta que daba al patio de la casa. y, tras  forzar la cerradura, entró toda la familia, comprobando que se trataba de miel de primera calidad, Nos subimos una pequeña tinaja, y luego otra, salvando la situación.

Todavía hoy pienso, que sin aquélla miel, mal podría contar hoy mi  vida pues pienso....¿ hubiéramos sobrevivido.....?

Cuando nos íbamos a venir al pueblo, ya que la situación seguía en el frente en las mismas condiciones, y las familias llevábamos mucho tiempo separadas de los padres, salvo una visita que nos hizo mi padre, andando a monte través con la ilusión de traernos algunas cosas como mis primeros pantalones largos que rompí, el primer día, dándome volteretas en el miriñaque de un carro. Nos enteramos que la miel era de todo el pueblo al formarse una gran cola en nuestra puerta para su reparto. Naturalmente que se dieron cuenta de nuestra travesura., pero, todo quedó en pura anécdota.

 Corría el mes de Septiembre, cuando el tío Julián, acompañado de otros padres de refugiados, tal como se ve en las películas del Oeste, partimos en caravana hacia casa dejándose mis tíos enterrada en Villanueva de Sijena, a la hija pequeña Paz, que no había podido superar  tan dura prueba.
 Sería injusto si no mencionara a la madre del Sr. del Comité, que nos abasteció de leche, y habrá  muerto con la esperanza de cobrar aquellos litros que fueron nuestra salvación. Y, a todas personas que nos ayudaron cuyos nombres haya podido olvidar.¡ Gracias !

Los meses que estuvimos en Villanueva de Sijena, como era verano, algunos días, íbamos al río Alcanadre para aprender a nadar, de paso, entrábamos al Convento de Sijena y entablábamos batallas con los cascotes de las ruinas que, en ese momento, no estaba custodiadas. Pues, al principio, Durruti, puso centinelas, no para evitar saqueos, sino par no dejar entrar a nadie al recinto para que la prensa extranjera no sacara fotos o diera noticias de los estragos que habían ocasionado sus fuerzas en el Convento. Al cruzar la carretera, subíamos a las acacias a coger pinchos para pincharles a las mozas en el trasero mientras bailaban en el baile que hacían en un salón de la plaza. Todavía me suenan en los oídos las canciones de los discos con las que bailaban: -Si te vas y ya no volverás, lalalá, lalalalalá.....palomita blanca jaleaba el ten, lalalá lalalalalalá ...En todas ellas había connotaciones de nostálgicas despedidas, con incierto retorno, y situaciones adversas . Era un vivir el día a día sin más exigencias que las de cubrir las necesidades más perentorias.
  
EL REGRESO

Una vez todos juntos, seguimos en el pueblo con el riesgo de ser alcanzados por algún cañonazo o bomba de avión que cada día caían. Un obús cayó en casa de Martínez, vecino nuestro, cuando me encontraba sentado en el dintel de la puerta mirando como jugaban unos soldados al fútbol en la calle, la onda expansiva arrancó la puerta de casa, los soldados, pasaron sobre mi cuerpo, los cristales de los aisladores del tendido eléctrico cayeron sobre mi cabeza en tan pocos segundos, que no pude reaccionar.

Aquellos meses fueron terribles para mis padres, porque nunca sabían donde me encontraba yo, puesto que con mi primo Agustín Borraz nos metíamos en todos los fregados sin pensar en riesgos.

La víspera de la Purísima, salíamos hacia la paridera de Blasé, con una canasta de pan, cuatro latas de leche condensada, y un pequeño pernil de dos Kgs. que nos habían entregado al dejar la Colectividad, y allí,  pasamos un durísimo invierno durmiendo en la paja.

A la sierra nos trasladó el hijo de la Velillana, en un carro tirado por una burra y, nos recibió una gran nevada. No me olvidaré de la peste de piojos que agarramos solo llegar. Al no tener más que la ropa puesta, mis padres tenían que escaldar la ropa, cada noche, al desnudarnos, y secarla al fuego para vestirnos a la mañana siguiente. Operación que les llevaba unas horas

En Castejón había una Señora Mayor ( la Tía chaparra )que estaba bien relacionada con la tropa, y me cambiaba los conejos por pan, azúcar, arroz, leche condensada o cualquier otra cosa que pudiéramos necesitar. Los que me sobraban, me los pagaba a razón de quince pesetas conejo. Por un conejo me daban treinta panes de la tropa.


LAS  PEÑETAS

  Transcurridos unos meses, contrataron  a mi padre para cuidar el trigo de los Individuales (separados de la Colectividad) que estaba depositado en la paridera de las Peñetas. De parte de los Colectivistas, estaba el Señor Antonio Gracia, (el esquilador) y su esposa con quien compartíamos la vivienda. Eran una pareja de ancianos admirables que siempre estaban de buen humor, él, tocaba la guitarra y cantaba maravillosamente, y nos contaba historias de su juventud, y sus experiencias de la vida ( tan dura o más que la nuestra ) haciéndolo con naturalidad, sin acritud, satisfecho de haber criado un buen número de hijos con un gran esfuerzo.

Nos hizo una visita mi tío Juan, que estaba acarreando trigo, y me bajé a Pina con él para subir pan, llevábamos seis panes en un saco y, como los perdimos por el camino, hubo que volver a Pina a por otros seis panes. Tanto a la subida como a la bajada, pasamos por el Pozo del Sordo.

Fueron unos meses que recuerdo con verdadera ternura.

En todo ese tiempo, el que peor librado salió fue mi padre, que pese a que vivíamos en las Peñetas, seguía teniendo puestas las trampas en la sierra, lo que le obligaba a hacer dos viajes allí  para poner los cepos y recoger la caza. Un día encontró una colmena en una grieta de Miramón, y por no ir preparado, la dejó para el día siguiente, fue con un saco para la cabeza y unos calcetines para las manos pero....Como nunca llevaba calcetines en los pies, se lo recordaron las abejas a aguijonazos, con la consiguiente hinchazón de los pies, que por poco, no puede volver a casa. Con mi madre hacíamos algún viaje a las ventas a intercambiar los conejos por otros alimentos, íbamos por la carretera de los Gitanos  ( que Durruti les había obligado a construir a esta raza ). Un día, me paré para hacer mis necesidades a la sombra de un más, y al mirar los calzoncillos, vi que llevaba una peste de piojos. Mi madre, al ver que tardaba, se paró a esperarme. Al contarle la nueva dijo.- ¡Esta noche habrá que escaldar la ropa de todos!.

VUELTA A LA SIERRA

Retirado el trigo de las Peñetas, volvimos a la sierra porque allí mi padre se sentía más seguro de que no le movilizaran para hacer carreteras como a otros de su edad. Esta vez fuimos a lo del Torrerico un corral cercano a la Peña del Águila donde había una compañía de intendencia en la cual estaba mi tío Valeriano.
Casi a diario íbamos a la Peña del Águila con mi madre, para lavar la ropa, y nos daban los soldados cosas de comer. Recuerdo que nos dieron avellanas, y le dimos a Federico, que se las tragaba enteras (por no tener dientes todavía), y  al día siguiente, sus deposiciones parecían turrón de avellanas.

De nuevo empezaron mis viajes a Castejón para el intercambio de conejos por otros alimentos. Algunas veces tenía la suerte de que me llevasen los tanques cisterna que suministraban de agua el frente de Monte Oscuro, donde dos de  esos tanques eran conducidos por mis tíos Antonio y José Carranza, que se lo pasaban a lo grande haciéndome preguntas maliciosas a las que les contestaba con la más pura inocencia, provocándoles el delirio. Un compañero de ellos, me hacía subir por la ventanilla, ya que llevaba la puerta atada con una cuerda, y siempre iba cantando. "Al Uruguay, guay, yo no voy, voy, porque temo naufragar".    

 En otra ocasión nos atacó la aviación, y nos metimos en una pequeña cueva que teníamos cerca del más, y estando dentro, se acordó mi madre que Federico, estaba fuera en una pila de piedra que le servía de parque, y justo le vino a mi tío Valeriano para sujetarla de la pierna, y no saliera a por él, con el riesgo de que nos descubrieran a todos y nos mataran a balazos.

A diario veíamos soldados de todos los cuerpos que pasaban por las cercanías de la paridera: algunas veces, se trataba de hombres de Pina que nos visitaban y comentaban con mis padres la situación. Un día pasó Inocencio Escanilla con un rollo enorme a las espaldas tirando redes de telefonía para enlaces entre las distintas compañías desplegadas en la zona.

Mi padre, me había puesto unos lazos para liebres en el llano cercano a Farlé, y cada día me daba vuelta. De vez en cuando cogía alguna, y se la mostraba a mi madre, de lejos, para que me recibiera con un fuerte abrazo. Algún día la engañaba con un pasamontañas {que había cogido a uno del Comité, cuando vino a ver el trigo a las Peñetas, con el riesgo de que ocurriera algo malo a mi padre} colgando de la mano lo que me costaba algún cachete por la broma.

LA GRAN OFENSIVA

Desde la sierra vimos empezar la gran ofensiva de las tropas de Franco, en el curso de la cual seria tomado Pina, el 23 de Marzo de 1938.La tarde del veintiuno empezamos a oír los cañonazos al tiempo que veíamos la polvareda que levantaban las explosiones. Toda la noche la pasamos en la puerta del más viendo los fogonazos. A las pocas horas, una avalancha de gentes del pueblo llegaban huyendo en carros, mulas y andando, mientras que lo más preciso lo llevaban en el carro de algún pariente o vecino.

En esta huida llegó mi tío Juan Villanueva y mi tía Ángela, con los dos hijos más pequeños, y tras estar unas horas con nosotros cargamos nuestras pertenencias en su carro, y nos internamos en la sierra con todos aquellos soldados que huían en desbandada arrojando sus ropas y sus armas por los matojos para ir más ligeros.

Se veía en sus rostros un sentimiento de impotencia. Descalzos, sin agua ni comida, y el temor de ser reclutados, de nuevo, para hacer frente a los atacantes que nos pisaban los talones.

 Una densa columna de humo se levantaba de la Peña del Águila, ya que al no poder retirar la intendencia, optaron por su destrucción para que no se aprovechara el enemigo. Nos internamos en la sierra mezclados con todos que como nosotros escapábamos. La noche del 22 al 23 de Marzo de 1.938, llegamos a Castejón, y mientras nosotros estábamos en una casa que nos dejaron pasar la noche, mi padre, estaba en la calle hablando con el Hospitalero y su hijo Melchor, que le dijeron que era un insensato si se quedaba pues se lo iban a cargar tan pronto le echaran mano por haber sido del Ayuntamiento con la República.

Al oír mi madre que nos iba a dejar, se le echó a las piernas llorando, y pidiéndole que no lo hiciese, que sería una separación para siempre, y no lo podría soportar, al tiempo que le animaba diciéndole que aquello seria una prueba más, que le decía el corazón que íbamos a superar y, lleno de dudas, se quedó con nosotros. Pasamos la noche entera sin dormir, escuchando con toda atención los diferentes sonidos que nos ofrecía la noche.

Las primeras horas de la noche fueron sonando las esquilas de los ganados, que como única intendencia llevaban las tropas en retirada; luego, un murmullo de pasos cansados de los últimos soldados en retirada, ya al amanecer, un silencio que casi hacia daño a los oídos agudizados por el miedo que nos inundaba el alma., al oír los primeros pasos, tras el silencio, mirábamos por las rendijas de las ventanas del granero, donde habíamos pasado la noche, por ver el aspecto de aquellas gentes que nos habían estado persiguiendo.

Mientras el pueblo estaba cercado por las tropas, grupos de soldados mayoritariamente de los pueblos cercanos, iban visitando casa por casa tranquilizando a los aterrados ocupantes. A nosotros nos visitaron varios soldados y Falangistas de Pina, entre ellos, algunos familiares nuestros, como Teodoro Boraz, padre de la hoy teniente de alcalde de Zaragoza por el P.S.O.E. que nos aseguraron que nadie se metería con nosotros, y podíamos marchar hacia casa sin ningún temor: siempre que no tuviéramos las manos manchadas de sangre.

LA VUELTA A CASA

La distancia que hay entre Castejón y Pina, fue toda una odisea para la caravana formada por varios carros del pueblo que habíamos sido " liberados ".

Mis hermanos iban en el carro de mi tío Juan Villanueva, y mi madre, mi tía Ángela, y mis primos se alternaban, un rato andando, otro en el carro. Mi padre y yo, nos dedicamos a hacer andar a la cabra, que tan buenos servicios nos había  prestado en los tiempos difíciles, y en este preciso momento estaba a punto de parir, por lo que su paso dejaba bastante que desear, por más que la animábamos con una vara. Apunto de parir, bajaba Juana Vidal que ocupaba la delantera del carro de su padre. Por el camino encontrábamos las cosas más dispares; armas, ropas, gallinas escapadas a las personas que huían con todas sus pertenencias pero lo que nos fue de gran utilidad y ayuda una vez en casa, fueron unas latas de carne que recogimos en lo de Blasé, que nos quitaron el hambre los primeros días de llegar a casa  que como es natural, estaba vacía tras veintidós meses de ausencia.

HOGAR DULCE HOGAR

Los primeros días de la llegada los pasamos haciendo visitas a los familiares que habían regresado al pueblo. Por las noches, nos hacían salir a la plaza a escuchar el parte de guerra en un aparato de radio que ponían en la ventana de Cortés, y narraba las Víctorias de las tropas Nacionales. Los primeros meses, los hombres trabajaban gratis para la reconstrucción de las acequias y demás cosas que se habían destrozado durante la contienda. A mi padre lo dejaron en el cargo que tenía antes, administrador del sindicato de riegos, por lo que no nos entregaron más alimentos en los abastos de recuperación, volviendo otra vez a las andadas del hambre y las necesidades. Mi tía Basilia nos dejaba un litro de leche diario que hubo que pagarle con la venta de un pequeño campo. Pasados más de tres meses, llamaron a mi padre al Sindicato para comunicarle que, como los demás habían trabajado gratis, a él, solo le pagaban el último mes, con lo que cometieron una gran injusticia al no tener en cuenta que no nos habían entregado alimentos en todo ese tiempo contando que se encontraba cobrando un sueldo que le arrebataban.

En cuanto nos enseñaron lo indispensable, nos impartieron los sacramentos que teníamos pendientes. Yo tome la comunión con un jersey confeccionado con lana sacada de otra prenda vieja, tras teñirla azul marino. Las sandalias me las hice yo mismo de unas botas de miliciano. Federico, fue bautizado con cerca de dos años. Aquel verano de 1938 subí a atar trigo a la Retuerta con mis tíos Serafín y Gregorio López Carranza, y, había tantos conejos que, no cogías gavilla que no te salieran un par de ellos.

Mi padre, no solo estaba molesto por la jugarreta que le habían hecho a el, sino por el trato vejatorio que daban a la gente algunos "Fachas" que mangoneaban todo con escandalosa prepotencia.

Un día que le dio un fuerte dolor de espalda, mientras escuchábamos el parte de guerra sentados en la acera del café, lo aprovechó para pedir la dimisión del sindicato, y nos fuimos a la torre de la Lobera a ejercer de regador con un sueldo de ocho pesetas, casa y leña. Yo tenia jornal cada día, al estar los hombres en la guerra, nos ocupaban a los niños y los ancianos para la recolección de las cosechas, coincidiendo en el trabajo niños de diez años con veteranos de la guerra de Cuba. Nuestro sueldo eran tres pesetas en el invierno, cuatro en verano.

Fueron estupendos los dieciocho meses que vivimos allá, alejados del pueblo donde se debatían venganzas y rencillas de la reciente guerra. Por otra parte, teníamos unos vecinos encantadores, y mi tío Ángel Abenia a un paso (en la presa de Pina) que nos compensó con creces las amarguras pasadas.

Pedro Adán, estaba de pastor en la finca, y su afición era la cestería, cosa que nos contagió, y pronto nos tejíamos las nasas para la pesca de anguilas, y toda clase de utensilios de mimbre. Estando junto al Ebro, no nos faltaba el pescado; bien fueran anguilas, barbos o madrillas, que las cogíamos, incluso por la noche, a cientos de Kgs. con un candil en la presa. Había también conejos en los ribazos de la acequia, que alguno caía en el puchero.

Yo iba algún día que otro al colegio a Nuez, donde tengo amigos de aquellos tiempos.

En aquellos meses nos visitó toda la familia, mi tía Teresa, el tío Juan, la Milagros, la Encarnación, y la tía Juliana con su primer hijo, fruto de su matrimonio con Ferrer. Félix, no congeniaba demasiado con mi hermano Federico, y tan pronto estaban jugando como se tiraban de los pelos. A la hora de comer decía, en su catalán incipiente " non bull mes pataques, que me fa mal la gola ".

Mi tía Juliana recibía cartas de su esposo, hecho prisionero en el copo de Valencia, donde le hablaba de supuestos tesoros que había escondido durante la retirada. Pienso que el pobre, al ver peligrar su vida, trataba de aferrarse al último madero de su naufragio personal, y trataba de salvar la vida, cosa que no fue posible, por sus andanzas de juventud como anarquista, que dejó rastro en su tierra y sus paisanos no se lo perdonaron.

Mis padres, por más que las cosas nos iban bien, no estaban conformes allí, porque no podíamos asistir a la escuela, debido a la gran distancia a los pueblos más cercanos.

Un día que bajó mi madre al pueblo, recibió tantos ofrecimientos y  garantías de todos, que propuso a mi padre el regreso a Pina.

Corría el mes de Octubre de 1.941,cuando con el camión de Angelino: un italiano de la guerra, casado con una chica de Nuez, bajamos los muebles y pertenencias a casa, de donde no volverían a salir. -Nos cobró 75 pts. y hubo que ir a pedírselas a la tía Pascuala, ya que en la torre nos pagaban con cinco o seis meses de retraso.

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  1. La vida sobrevive al desastre. Gracias por publicar y por contarnos estos relatos

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  2. Desde aquí, quiero hacer un apunte que no es correcto ya que Gregorio López Carranza estuvo luchando durante toda la guerra civil, terminada esta en 1939, pasó a Francia como tantos otros y viendo lo que había allí, decidió volver siendo arrestado y capturado pasando meses en un campo de concentración en la provincia de Tarragona.

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    1. Creo que todo es compatible en cualquier caso la persona que escribió este texto ya falleció por lo que prefiero dejarlo tal cual el me lo mando.

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  3. Felicitarle por publicar sus recuerdos de Pina de Ebro en estos duros años:
    Tendría algun dato o información, sobre sus vecinas
    - Rosario Bielsa Sanz: .de 30 años
    - Pilar Sanz Gracia, de 55 años. Madre de Pilar, Jose y de Carmelo.
    - Juana Roche Oliván, de 42 años
    Fusiladas el 11 de agosto de 1936. .
    Le estaria muy agradecido si pudiera aportar cualquier información.
    Un cordial saludo

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  4. A pesar del tiempo que ha pasado desde la publicación de este relato, me he encontrado con la sorpresa de una persona " anónima " solicitando información sobre mi abuela y bisabuela.

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  5. Estamos intentando saber más cosas sobre Sijena. Es muy importante que contacte conmigo, repito, muy importante. Tel. 91.355.51.37. Gracias y saludos, espero su llamada.

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  6. Me gustaría saber si recuerda algo de un notario de la localidad de Pina del Ebro, llamado Manuel Villagrán Castellano.

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